CONFIANZA

-Marcos, ¿cuántas veces te tengo que decir que la chaqueta no se deja tirada encima de la cama?

-Acabo de entrar en casa, mamá. Espera.

Éste Marcos y sus esperas. ¿Cuándo iba a cambiar? Siempre era espera para todo, lo cotidiano en las respuestas para con ella eran esas peticiones de tiempo, que últimamente iban acompañadas de peticiones de espacio, con imperativos que iban desde “mi habitación es mi sitio, no se entra y yo la recojo, cuando me moleste a mi lo que hay en ella” a “no preguntes dónde he estado, porque la respuesta ya la sabes: por ahí, mamá, por ahí. Respeta y confía”.

El cambio que había experimentado en poco tiempo había sido radical. Lo que quedaba de ese Marcos cariñoso y de la relación cómplice que había tenido siempre con ella se había convertido en un reflejo casi imperceptible de lo que fue. Ella sabía que él aún navegaba en la marejada de la adolescencia, era consciente de que él en algunos momentos no encontraba del todo su sitio, y como cualquier madre, sabía que era normal, ya le habían avisado, y su propia adolescencia fue un camino con más espinas (y muchos pinchazos en ellas) que rosas. Marcos había demostrado siempre una sensibilidad acentuada, que desde niño le había hecho sufrir por situaciones que a otros críos de su misma edad les resultaban indiferentes. Ella también lo era y antes de que la adolescencia llegara, sabía que esa etapa no sería fácil para él. Precisamente eso es lo que le hacía sufrir, ese distanciamiento impuesto unilateralmente, porque pensaba que si la distancia se estrechara, podría hablarle como lo hacían antes, tranquilizarle y ayudarle.

Recordaba cuando él tenía siete u ocho años y le contó que había escuchado que los niños pasaban a la pre adolescencia de un día para otro: un día les ibas a recoger a la puerta del colegio y te recibían con un abrazo y un beso, y al día siguiente, estabas en el mismo sitio a la misma hora, y fingían no haberte visto delante de sus amigos. Siempre recuerda que él le dijo con un punto de asombro e incluso una cierta indignación que eso jamás le pasaría a él, que nunca iba a ser un pre adolescente de esos. Y ahora ahí estaba, de espaldas en el escritorio su habitación, con los cascos puestos y el volumen tan alto que incluso el ritmo de la música se podía escuchar desde el quicio de la puerta. ¡Lo que le gustaría acercarse por detrás, alborotarle esos rizos negros y darle un beso en la cabeza! Pero sus muestras de cariño no eran bien recibidas últimamente, ni siquiera cuando no había espectadores.

Y la chaqueta seguía encima de la cama…No quería discutir, así que decidió recogerla ella. ¡Vaya con la chaqueta! Estaba desgastada  y se la había comprado no hacía ni un mes, y en la solapa izquierda tenía un manchurrón de algo que parecía grasa. ¡Vaya con la chaqueta y vaya con el niño, que no ha sido nunca de ensuciarse, ni siquiera cuando empezó a andar y ese caminar de pingüino les divertía, y ella le imitaba y él la miraba y las carcajadas que salían de su garganta eran la risa más preciosa que había oído nunca!

Decidió lavar la chaqueta, que además tenía ese olor fuerte de adolescente, producto del cambio hormonal. Seguía sumergida en recuerdos de la infancia del niño, que estaban grabados y aparecían como secuencias desordenadas de una película feliz y siempre que acudía a ellos le hacían sonreír, cuando al vaciar uno de los bolsillos de la chaqueta, sus dedos toparon con algo que parecía una bolsita de plástico. La sacó del bolsillo, y al ver los polvos blancos, sintió como un nudo le encogía el corazón, al mismo tiempo que un gran peso lo hacía bajar a la boca del estómago. Marcos, no…

El sonido del telefonillo de casa le hizo reaccionar. Cuando iba a descolgar el aparato, escuchó la voz de Marcos:

-Mamá, debe ser Gabriel, ese chico nuevo del que te he hablado. Me ha mandado un whatsapp, nuestras chaquetas son iguales y las hemos confundido.

 

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ESE DÍA ES HOY

Se despertó mucho antes de que sonara el radio despertador que tenía programado de lunes a viernes a las 6:45 horas desde hacía casi cuarenta años. Se había acostado a la misma hora de todos los días desde que ella se fue. Cenaba poco y pronto, leía un rato en el sillón de cuero marrón oscuro en el que a ella le gustaba sentarse para hacer punto y se acostaba, con el programa de noticias sonando en la radio, y después el programa de deportes, y después las llamadas de confidencias…hasta que le vencía el sueño, si bien muchas veces el sueño no salía ganando en la pelea diaria. Antes de que ella se fuera, veían juntos alguna película sentados en el viejo sofá de skay granate que le daba un toque vintage al salón. Recuerda cuando cambiaron los muebles y ella se empeñó en mantener el sofá porque decía que era el alma de la casa y el espacio que más tiempo habían compartido juntos y con amistades que frecuentemente llegaban en forma de visitas de tertulia y café con pastas, y terminaban en cenas de tortilla de patata (no había debate posible, ella era de con cebolla siempre) y en tertulias calmadas y siempre enriquecedoras que se alargaban hasta primeras horas de la madrugada. Cuando toma asiento en el sofá ahora, siente que se hunde más bajo su peso. “Serán los muelles” – piensa, pero hay veces que siente que ella está también a su lado, respira su presencia y cierra los ojos y la ve, porque huela su perfume y parece que oye su respiración pausada. Siempre recuerda cómo disfrutaban juntos de la cinematografía francesa. Ahora nada es lo mismo, aunque en la forma lo siga siendo. Desde que ella se fue, el salón se le hace grande y el aire que respira a esa hora en la que oscurece fuera, muchas veces parece que pesa más y le ahoga y el estómago se le encoge oprimido por recuerdos. Han pasado quince años y sigue doliendo igual, de la misma manera. La intensidad del dolor es la misma, si bien la rabia por su marcha, por el poco tiempo que ella dejo que la cuidara, ha desaparecido.

Desayunó como todos los días una naranja, un café con leche y una tostada con mantequilla y mermelada, se duchó y mientras se aplicaba espuma de afeitar mirándose al espejo, recordó los planes que hacían juntos para cuando llegará ese día, que esa mañana de hoy dejaba de ser futuro para convertirse en presente, ese momento de la jubilación. Aún guardaba la carpeta en la que, con separadores de colores que marcaban futuros destinos, iban guardado recortes de periódico, información y apuntes escritos a mano sobre los sitios que visitarían. Aunque ella se había ido, él no había dejado de recopilar información. Ella se lo hizo prometer, debía viajar a esos sitios. Y él siente que debe cumplir esa promesa, y que en cierta forma, al hacerle prometer eso ella, le está salvando.

Ni siquiera todo eso

Ni un radiante y soleado cielo azul

ni un atardecer teñido de colores anaranjados frente al mar

ni una noche de verano con el cielo cargado de estrellas y luna llena

ni los paseos por el monte los domingos a la mañana con la ciudad bajo mis pies

ni los girasoles de paisajes castellanos que parecen cuadros de colores suaves

ni aspirar el aroma del café recién hecho cuando me levanto por la mañana y sentir que me despierto un poco

ni el olor de las sábanas recién lavadas

ni una copa de vino compartida con amigas

ni el gusto de un tomate que sepa a tomate y que al morderlo no sea plasticoso y artificial

ni el sabor de un esponjoso bizcocho de limón (ni siquiera si el bizcocho fuera de chocolate)

ni un mensaje inesperado de una persona que recuerdo y que pensaba que me tenía en su olvido y yo la mantenía en mi memoria

ni recibir una postal de Navidad que no sea publicitaria y que me emocione

ni el hecho de abrir el buzón y además de las facturas diarias encontrar una carta de alguien que aprecio

ni descubrirme cantando por lo bajini en la calle la canción que me encanta y que suena en la radio mientras camino en el asfalto gris bajo un cielo gris un día gris y sentir que todo de repente se colorea

ni sentir con orgullo que venzo mi inseguridad y que me atrevo cuando antes no lo hacía ni sentir que otras muchas veces no la venzo pero que el sentirme insegura en algo me hace parar y aprender más

ni el hecho de conseguir relativizar algún asunto que momentáneamente me viene grande y darme cuenta de que lo puedo ajustar a mi tamaño

ni un abrazo en el momento justo y necesario

ni una tarde de domingo con el sonido de fondo de la lluvia y plan de sofá manta y libro ni un post it en la nevera con un “Te quiero” escrito en mayúsculas

ni el sonido de las alfombras de hojas caducas que piso en otoño

y ni siquiera todo lo anterior junto es comparable a las cosquillas que vosotros dos me hacéis en el alma y a las caricias que noto en el corazón

cuando veo la emoción y la inocencia con la que madrugáis intencionadamente la mañana de Reyes en casa

y cuando me pedís cinco minutos más para seguir leyendo aunque sé que los cinco minutos se alargarán a quince y es hora ya de apagar la luz

y las veces que me preguntáis qué tal me ha ido el día

y aquellas veces en las que me decís que qué guapa estoy además de decirme que soy la mejor amatxu del mundo

y aquellas otras veces en las que me pedís que os escriba un cuento u os acercáis cuando escribo y queréis que os lea el texto

y cuando os oigo reír jugando juntos

y cuando me notáis triste y me preguntáis por lo que pasa

y cuando hablamos de algún tema y constato que sois personitas sensibles y sobre todo, buenas

y aquellas ocasiones en las que me pedís desde la cama que vaya a daros un beso y aprovecháis ese momento para confesarme algo que os preocupa y consigo tranquilizaros y me abrazáis muy fuerte y me dais las gracias

y cuando entro en vuestras habitaciones al irme a la cama y os doy un beso y me siento feliz al darme cuenta de que yo crezco por dentro y vosotros por dentro y por fuera y cada vez ocupáis más espacio en esas camas de 90×1,80 que parece que sólo fue hace dos días cuando os venían grandes.

Un beso

Cuando sus padres eran jóvenes, emigraron al norte. Ambos pertenecían a familias humildes de dos pueblos de la sierra jienense, que abandonaron en búsqueda de mejores oportunidades que las ofrecidas por una tierra árida de campos de cultivo de olivos. Dejaron la recogida de la aceituna, y él en el norte encontró trabajo como encofrador, mientras que ella, antes de conocerle, se dedicó a formar parte del servicio en una casona de la margen derecha de la ría de Bilbao, zona en la que vivían los empresarios enriquecidos de la boyante siderurgia. Se conocieron, se enamoraron, y ella nació. Pero se encargaron de mantener sus raíces, que alimentaban en su círculo de amigos, todos más o menos con la misma procedencia geográfica. Su abuela materna, además, mantuvo su casa en el sur, una vivienda encalada en la que se conservaban el corral, la cuadra, y el antiguo estercolero, y en la que las habitaciones se distribuían a ambos lados de un largo pasillo que terminaba en el comedor y la cocina, desde la que se accedía directamente al corral.

Durante su niñez y adolescencia, los veranos en el pueblo fueron para ella sinónimo de libertad. A finales de junio, acompañada siempre de su madre, recogía las notas, y al día siguiente ya estaba cogiendo el autobús con camino al pueblo blanco, como ella lo llamaba. Tras catorce horas, llegaba a su destino, que no abandonaba hasta principios de septiembre, con el retorno al colegio.

Allí, hacía vida en la calle, con su pandilla de amigos de verano. Desde la mañana hasta la hora de comer, tras la que veía con su abuela Cristal, Topacio, o la telenovela que se terciara. Merendaba un vaso de leche con media viena tostada en la que la mantequilla se derretía, e iba otra vez a la calle, hasta que anochecía, cenaba y salía a jugar bajo la luz de las estrellas hasta bien pasada la medianoche. No había mucho que hacer en el pueblo, pero para ella, era una ruptura con todo lo que vivía en su ciudad gris del norte. En ese lugar del mundo, no existían los horarios ni las prisas ni el ruido de las calles de la ciudad, todo el mundo se saludaba, y recuerda ahora cómo le preguntaban al principio “Y tú, ¿de quién eres?”, y cuando pasaba por las calles por la noche, los habitantes de las casas encaladas le saludaban con un “vaya usted con Dios”. Aún guarda en la memoria las preguntas que le hacían sobre su vida en el norte, que en aquellos años crudos de terrorismo, los del pueblo percibían desde la lejanía como un campo de batalla, y quedaban sorprendidos cuando ella les respondía hablándoles de la normalidad de su día a día.

En el verano en el que cumplía quince años, comenzaron los flirtreos con chicos. Fue algo extraño. Antes de aquel año, no guarda recuerdo de los chicos del pueblo; parece mentira el paso de la nada al todo en la realidad de aquellas adolescentes, que pasaban sus horas fijándose en menganito o fulanito, en diatribas de si uno te mira así o asá, en ensayos de conversaciones y gestos de seducción forzados y deseos de enamoramientos que fueran correspondidos. Ahora que lo piensa, era todo forzado; los primeros cigarrillos en los callejones, que le mareaban, las botellas de litro de cervezas compradas clandestinamente y compartidas, el descubrimiento de la desinhibición que proporcionaba el alcohol.

A ella le gustaba un chico del pueblo, pelo negro y alborotado, grandes ojos verdes y expresión socarrona. Tocaba la guitarra y tenía un halo misterioso y una conversación pausada e interesante.  Empezó a llamarla “la fisna”, por su dicción, sin acentos, sin seseos o ceceos, y le decía que le tenía que enseñar a hablar así. Ella fue descubriendo que no era como los demás chicos del pueblo. Era inquieto, decía que su futuro estaba fuera de allí, quería conocer lo que había más allá. Estuvieron todo el verano intercambiando cartas, libros sobre los que luego conversaban y charlas y bromas.

La noche de las Perseidas, quedaron todos para ver la lluvia de estrellas en un descampado situado en las afueras del pueblo. Él le pidió que le acompañara, que tenía que decirle algo, y se alejaron un poco del resto. Allí, tumbados boca arriba con la mirada fija en el cielo, bromearon sobre cerrar fuertemente los ojos y decir en alto un deseo si veían una estrella fugaz. Ella anhelaba que sus deseos coincidiesen. Y así fue. Ambos exclamaron “un beso”. Y bajo ese cielo negro del sur, con ese espectáculo de luces blancas que parecían rasgarlo, ella dio y recibió su primer beso.

 

 

 

Reencuentro

Era un día más en el geriátrico. Un día menos, decían entre ellos. Una mañana soleada del mes de junio, en la que la luz inundaba el comedor, y los rayos del sol se filtraban por los grandes ventanales de la estancia. El paso de la pequeña habitación, reducida y sin ventilación, y que había sido compartida hasta hacía unos días, a ese salón comedor, era un tránsito de la muerte a la vida. Entre ellos comentaban que las habitaciones eran una especie de proceso preparatorio para ese futuro que con más o menos inmediatez les iba a llegar.

-Buenos días, Marisol. Tiene usted muy buen aspecto esta mañana. – le comentó sonriente Patricia, una de las auxiliares que les ayudaban diariamente con las tareas de aseo y les vestían si era necesario.

Marisol le devolvió la sonrisa. Patricia no era como alguna de las otras, que portaban siempre delante de ellos rictus de enfado, expresión que cambiaban cuando se recibían visitas o la supervisora estaba cerca.

Se dirigió a la esquina derecha del fondo de la estancia, al lado de uno de los ventanales. Pensó que el sol debía calentar fuera con fuerza al apreciar que la silla de madera en la que desayunaba todos los días a esa misma hora, a las 9:45h, guardaba cierto calor.

-Recibiremos hoy a una nueva residente –dijo Adela, la supervisora de las mañanas-. Su nombre es Rosario, y compartirá la habitación con usted, Marisol.

Recibió la noticia sin ningún entusiasmo. Había disfrutado de la soledad y silencio de la habitación esos últimos diez días. Se acostaba y leía un rato, hasta que el sueño la vencía. No podía hacerlo cuando había otra residente, ni escuchar el pequeño transistor que colocaba debajo de la almohada para escuchar la radio en sus largas noches de insomnio. Además, ese nombre, Rosario, no le gustaba. Le traía malos recuerdos, y sintió una punzada de dolor. Siempre había sido muy devota, estudió incluso el noviciado, pero desde que Antonio le dejó por una mujer con ese nombre, no volvió a rezar el rosario. Sabía que una cosa no tenía nada que ver con la otra, pero no podía, le dolía cada cuenta que iba pasando con sus dedos cuando lo intentó.

Les citaron a las 12:30h en el salón para recibirla. Cuando la vio, pensó que se ahogaba. Se le mudó el gesto y palideció. Estaba muy deteriorada, pero era ella. Esos ojos verdes y ese porte elegante. Se apoyaba en un bastón con una empuñadura plateada, aunque parecía no necesitarlo.

-Mis pendientes. Lleva los pendientes que me regaló él, y que desaparecieron cuando se fue –murmuró.

-¿Qué dice, Marisol? ¿Le ocurre algo? –preguntó la supervisora.

-No compartiré habitación con esa mujer –contestó, mientras notaba que un calor ardiente le subía por las mejillas.

Ella la observaba, con esa mirada impenetrable, con frialdad e indiferencia, aunque a decir verdad, esa indiferencia parecía traslucir un cierto disfrute de la situación.

-Tendrás que hacerlo, Marisol. Sólo hay una habitación con una cama libre, y es la tuya. Así que la tendréis que compartir. O dame una razón de peso para no querer que Rosario la ocupe.

¿Razón de peso? No la iba a dar. No iba a decir en público que su marido le había abandonado hacía más de cincuenta años, cuando siempre había contado a los demás residentes que había enviudado muy joven, que su esposo  había fallecido en un fatal accidente, e incluso dejaba escapar alguna lágrima alguna vez por el finado en señal de duelo.

-Encantada de conocerla, Rosario –dijo dando un paso adelante.-Si me acompaña, le mostraré la habitación y le ayudaré a ordenar tus cosas.

Avanzaron por el pasillo y le susurró al oído con voz helada.

-Y te daré unas indicaciones de lo que puedes o no puedes decir si quieres estar bien aquí, mala pécora.

 

Vistas al mar

David y yo la conocimos el día de la firma del contrato privado de compraventa. Era menudita, no superaba el metro y medio, aunque quizá se debiera a la espalda encorvada que denotaba el paso de los años y la carga que había llevado sobre sus hombros toda una vida. Tenía el pelo corto, con un corte masculino y que no reflejaba mucho cuidado de peluquería, teñido de un color calabaza y en el que se dejaban entrever hilos plateados en forma de canas. Recuerdo que lo que más me impresionó fueron sus ojos. Unos ojos pequeños detrás de unas gafas con una montura metálica de color oro. Eran unos ojos vivos, risueños, que miraban con ganas de descubrir y que me hicieron pensar que era una mujer que no juzgaba y que se había adaptado al paso de los años sin pensar nunca que cualquier tiempo pasado fue mejor. Su piel tostada, con ese bronceado sano de las personas que viven cerca del mar, y cubierta de arrugas, sobre todo alrededor de los ojos y de la boca, lo cual me llevó a pensar que había reído o había llorado mucho, y sin tener una causa justificada, únicamente por su aspecto, me incliné por lo primero. Sus ropas, una chaqueta llena de bolas de un color verde esmeralda, y una camisa violeta con flores que parecía rescatada de un baúl, y unos pantalones de color teja intenso. Los zapatos, de cordones, marrones y desgastados. Y una expresión de ternura y bondad que es difícil de encontrar en caras que se dejan ver por primera vez. Venía acompañada de su hijo, que rondaría los sesenta años, un hombre corpulento y alto con aspecto bonachón, vestido con unos vaqueros y con una camisa beige de cuello Mao, que no compartía con la madre el color bronceado de piel, y que llevaba un pequeño brillante en la oreja izquierda.

-Sois una pareja joven, y tenéis toda la vida por delante para ser muy felices en esa casa –nos dijo sonriendo.

Era el piso que estábamos buscando. Un segundo de unos 70 metros cuadrados en el que había que hacer varias reformas, pero del que nos enamoraron las vistas del mar al fondo. Con lo que habíamos ahorrado los siete años de noviazgo y el préstamo hipotecario, era algo que nos podíamos permitir. Una pequeña cocina, dos habitaciones, aseo y baño, y un salón comedor de buen tamaño.

El día que la volvimos a ver en la Notaria para firmar la compraventa, parecía aún más pequeña. Sus ropas eran más oscuras en esta ocasión, pantalón gris y jersey negro de cuello vuelto, y los mismos zapatos. Llevaba colgada una medalla de la Virgen de Begoña que tocaba cada cierto tiempo, como para asegurarse de que seguía en su sitio.

-Como me alegro de lo contentos y lo ilusionados que se os ve. El edificio fue de mi familia, las tres plantas –nos contó –. Dejamos Gernika después de la guerra y nos establecimos aquí. Aquí nos crio mi madre a mis seis hermanos y a mí. Luego todos se fueron marchando, y ahora yo soy la única de la familia que allí permanece. Si ese segundo tuviera ascensor, no me hubiera ido nunca, y  menos a casa de un hijo, a darles trabajo, aunque yo me lo hago todo sola. Si tuviera ascensor, no les dejaría que me llevaran a su piso, un sexto, con ascensor sí, pero desde el que las únicas vistas son las de un patio interior y otro bloque de edificios. Toda la vida mirando al mar…Los días que está despejado, hasta se alcanza a ver Punta Lucero…- dicho lo cual, empezó a sollozar como una niña, con hipidos que agitaban su cuerpo menudo. –Perdonadme, pensaba que no me iba a pasar esto. Sé que es lo correcto y sé que es lo que tengo que hacer, pero es una vida entera.

Firmamos las escrituras y su hijo nos entregó dos juegos de llaves. Alcance a oírle decir a su madre algo de un tercer juego, en susurros, mientras ella mantenía la mirada ausente.

-He de recoger algunas cosas, pocas, que me he dejado. ¿Estaréis mañana?

Al día siguiente David y yo fuimos con intención de tirar algunos muebles viejos y estropeados. Al abrir la puerta, una corriente de aire la cerró violentamente.

Allí estaba ella, con las ventanas del salón abiertas y la butaca girada para mirar al mar. Tenía la cabeza ladeada, y una expresión de paz y felicidad. Sus días acabaron como ella deseó.

 

El niño raro

Recuerda ahora aquella época en la que se sintió un niño raro. Siempre tuvo curiosidad por las letras, por las palabras. Descubrió antes que otros niños la lectura. Con cuatro años, comenzó a tener curiosidad por las letras y no cesaba en su empeño por aprender qué significaban esos trazos, qué significado oculto tenían que los más pequeños no eran capaces de descifrar mientras que los mayores lo hacían con la mayor naturalidad. Y su madre pacientemente le iba enseñando en los paseos compartidos, y en casa, día sí y día también, él intentaba de alguna manera conectar las imágenes con las letras en los productos de limpieza, en los envases de comida, en los papeles de propaganda publicitaria que su madre recogía diariamente del buzón….Cualquier excusa era buena.

En el momento en el que aprendió a leer, se convirtió en un lector “compulsivo”. No le interesaban los juegos de otros niños, se aburría con las reglas marcadas del futbol, no le gustaba competir, le hacían daño las peleas y los enfrentamientos de otros, no los entendía. Y descubrió en la lectura personajes con los que compartir, historias diferentes a la suya que podía vivir sin moverse de sitio, y lugares lejanos y exóticos en los que no había estado, pero que podía visualizar como si los dibujara en su cabeza. Y sentía una curiosidad enorme por todo lo que estaba escrito, que le llevaba incluso a leer la enciclopedia que sus padres tenían en el salón. Tomaba de la estantería un tomo, lo abría por cualquier página y leía. Disfrutaba leyendo. No le gustaba el ruido y los gritos del patio del colegio. En el recreo, se sentaba en un pasillo, desierto cuando todos habían corrido a disfrutar de los 20 minutos de descanso, con la espalda recostada en la pared, y leía.

No recordaba cuando empezaron. Al principio, eran insultos; empollón, rata de biblioteca, gafotas…Él no contestaba, ni tampoco decía nada en casa. Al final del día, escribía un diario con lo que sentía, sirviéndole de terapia y válvula de escape. Despertaba al día siguiente y sabía que todo se repetiría, que para ellos se estaba convirtiendo en una rutina, pero lo aceptaba estoicamente, sin rebelarse. En el colegio aprendía y leía. Y estaba aprendiendo a observar, a fijarse en los detalles, a hacerse preguntas más allá de lo que ponían los libros. Recuerda ahora la rabia subiéndole por la boca del estómago y prendiendo fuego a su cara el día que en el pupitre se encontró el libro de lectura que entonces le ocupaba pintado con insultos, garabatos y tachones y con varias páginas arrancadas. En este momento, aprieta los puños, como ese día. Aguantaría y a la noche escribiría su diario, juntaría letras que daban carta de libertad a los fantasmas que diariamente aparecían.

Aprendió a estar solo. Sus padres intentaban que fuera como los demás. Su madre para protegerle, su padre quiere suponer que para lo mismo. Era el pequeño de cuatro hermanos, y el único chico. Su padre era un hombre de pueblo con carácter bastante rudo, con escasa tendencia a mostrar las emociones que pudiera sentir (el futbol era lo único que aparentemente le emocionaba de verdad) y poco tolerante con opiniones ajenas que no coincidieran con las propias. No quiere pensar que  su padre no le quiso, pero está seguro de que vivió con cierta frustración el niño que había sido y el adolescente en el que se convirtió.

Con catorce años, al terminar la E.G.B y cambiar al instituto, se apuntó a principios de curso a un taller de lectura y escritura. Gente nueva, inquietudes compartidas, aceptación. Eran pocos, pero dejó de sentirse raro. Y comprendió que lo que había vivido le había convertido en la persona que era ahora y que a partir de ese momento puede que hubiera fantasmas a los que liberar con palabras, pero ya no serían los mismos.

 

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