El lujo de las pequeñas grandes cosas

Hablamos de lujo y todos pensamos en opulencia y dinero, en yates, en mansiones con jardín, en una casa en la playa y una casa en la montaña, en coches de último modelo, en viajes sin fecha de vuelta, comidas en restaurantes de prestigio, llevar una vida VIP. Y pensamos que nuestra importancia tiene una relación directa y proporcional con la cantidad de dinero depositado en el banco, y puede que hasta nos embargué un estúpido orgullo si sacamos de nuestro bolsillo un billete de 500 euros en público.

Y nos olvidamos que no importan las dimensiones de una casa si en ella no se construye un hogar, que la vida en una casa no la dan sus metros cuadrados, sino las risas, momentos y experiencias que se comparten en ella. No recordamos el miedo que nos infunde la imagen de un enorme castillo deshabitado, con sus pasillos interminables y sus numerosas habitaciones, frío, lúgubre, gris.

Nos olvidamos de que los viajes los hacen grandes las personas con las que los compartes, y que la vuelta tiene otro color si tienes tu particular comité de bienvenida esperándote con una sonrisa. No recordamos aquel viaje a Sierra Nevada en temporada de nieve, cinco en un Ibiza, maletas y skies incluidos. Nos olvidamos de los juegos en los viajes familiares, la búsqueda de matrículas capicúas, cantar a grito pelado todo el repertorio infantil (que también desestresa 😉 ).

Nos olvidamos de que puedes estar en el entorno más paradisiaco que jamás hubieras imaginado, pero no lo disfrutas si no tienes con quien compartir una puesta de sol. Nos olvidamos de la aventura de descubrir una ciudad por primera vez con alguien, de su mano.

Y los restaurantes de prestigio…en los que todos los comensales tienen un aura de impostura y estoy aquí porque yo lo valgo. Se nos olvida lo bien que nos supo ese bocadillo de tortilla después de esa caminata por el monte, el cocido que preparaba mi madre todos los sábados, esa tarta de chocolate que disfruto, y que sólo mi hermana sabe hacer cómo a mi me gusta.

Y en el camino se nos olvida que no son las grandes cosas, sino que son las pequeñas y cotidianas, las que definen la grandeza de nuestra vida. Y que un gesto, una palabra, una sonrisa, el amor, tiene el poder de convertir en grande hasta lo más mínimo.

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Tesoros….

….que son amigos. Familia que eliges de forma voluntaria, y que siempre me acompaña, incluso cuando existe la distancia. Esas personas que saben cómo soy, y a pesar de todo, me quieren, e incluso en cada cumpleaños me piden que no cambie.

Confidentes, paños de lágrimas, consejeros, cómplices de aventuras, hermanos de alma, tumbas para mis secretos. Os alegráis de mis alegrías como sí fueran vuestras, me dais ánimos cuando los necesito, compartís mis risas, bromas, y buenos momentos, pero también estáis cuando algo va mal, y siempre tenéis preparado, incondicionalmente, el abrazo o el beso que necesito, o cuando me caigo, muchas veces ni necesito levantar la vista del suelo para saber que ya estáis ahí, con la mano tendida.

Puede que existan malentendidos o equivocaciones, diferencias de opinión, alguna que otra discusión……Hace años, estas cosas me ponían a la defensiva, ahora, a mi me sirven de enriquecimiento, aprender de otros puntos de vista, tratar de ver el mundo a través de vuestra mirada, cuestionarme mi visión. Y muchas veces encuentro que hay cosas que no apreciaba y que me habéis enseñado cómo valorarlas.

Puede que a veces os haya hecho daño con algún comentario, no haya estado al lado de alguno de vosotros cuando lo necesitabais. Si en algún momento he sido egoísta y os he negado el afecto que os tengo, os pido perdón si en el camino olvidé las disculpas.

Los amigos de verdad, los amigos sinceros como vosotros, sois un lujo. Todo lo dais desde el desinterés más total y absoluto, en este mundo en el que todo se mueve por interés. Y aparcáis el yo por el nosotros, incluso en doble fila y con riesgo de multa, cada vez que lo necesito.

Empezar con mal café

Hay gente que se levanta de mal humor….de muy mal humor. Suena el despertador, se levantan como zombies, sólo son capaces de emitir sonidos guturales hasta que se toman el primer café, casi ni se miran al espejo porque hasta su cara les enerva, montan en el metro y se parapetan detrás del periódico o un libro fingiendo estar concentrados en su lectura y mirando con recelo a los viajeros que se ríen y conversan animadamente entre ellos, al tiempo que se preguntan cómo pueden estar tan contentos a las 7:30 AM. Lo peor es que no pueden evitar sentir algo parecido a la envidia cuando miran, lo que les hace caer en el agujero negro del mal humor….se enfadan con ellos mismos por no sentirse tan animados y dicharacheros, y caen en el bucle de la mala leche, que puede durar horas….y en el peor de los casos, el día completo, lo que les llevará a acostarse quejicosos y resoplando por el mal día que han pasado.

Vamos a ser sinceros….todos hemos tenido nuestros malos despertares. De esas veces que suena la alarma del móvil y serías capaz de agarrarlo y lanzarlo por la ventana. Esos días en los que no hay forma de borrar las ojeras, de que el pelo te quede decente, esas mañanas en las que cualquier cosa con la que te vistas te parece que te sienta fatal, o peor todavía, esa mañana de tragedia total cuando te vas a poner un pantalón de la temporada pasada y no te ata. Esas mañanas en las que hemos bajado al garaje a coger el coche y hemos deseado con todas nuestras fuerzas no encontrarnos con nadie, hemos dejado el coche aparcado al lado de la oficina y hemos acelerado el paso de camino al trabajo, nuestro refugio, no vaya a ser que coincidamos con algún conocido charlatán y nos invite a tomar un café, con las pocas ganas de hablar que tenemos.

Vale….un día es un día….pero no te dejes abducir desde las 7 AM por el mal humor más de dos días seguidos. Cambia la alarma del móvil y pon la canción de Happy (y si no te gusta porque suena a todas horas, ponte algo que te mole, que seguro que lo hay 😉 ). Pon una foto chula de la familia o tuya o de un paisaje que te guste o un buenorro en el espejo del cuarto de baño, y ríete de tu cara de sopa. Para los ojos hinchados, saca dos latas de cerveza de la nevera y te las colocas en los ojos, y si no eres cervecero, al menos tendrás alguna lata de coca cola, no?. Si el pantalón no te ata, pues ponte falda y deja las piernas al aire, que ya estamos en primavera. Y el libro con el que elijas parapetarte en el metro, que al menos te haga reír :-). Y cámbiale tú el rumbo al día, que eres tú el que lleva los mandos!!!!

Y tal vez…..

si lo intentamos, podremos saber si somos capaces de conseguirlo. Si aparcamos las excusas, los miedos, las inseguridades y el temor a que pueda salir mal, no nos quedará la duda del “cómo hubiera sido si”. Puede que no sólo cojamos al toro por los cuernos, puede que hasta se los arranquemos de cuajo. Y si no somos capaces de tanto, al menos nos daremos cuenta de que hasta podemos dar algún que otro capotazo con cierta maestría.

Es normal que lo nuevo, lo desconocido, lo que no controlamos, nos dé cierto respeto. Pero también teníamos miedo la primera vez que andamos en bici sin ruedines, la primera vez que en el colegio tuvimos que presentar un trabajo importante ante toda la clase, esa vez en la que nos quitaron los manguitos en la piscina, aquella ocasión en la que nos atrevimos con catorce años a saludar al chico que nos gustaba. Y fuimos capaces de todo ello. Puede que hubiera caídas y rasguños, puede que tartamudeáramos,puede que chapoteáramos torpemente, puede que nos pusiéramos rojos como tomates y que además, no nos devolvieran el saludo. Pero saliera bien o mal esa primera vez, después de intentarlo nos sentimos mucho más cerca de conseguirlo.

Con la edad nos volvemos cómodos. Esperamos que las cosas vengan a nosotros, y perdemos el coraje y la valentía que teníamos de niños para salir a buscar nuestros sueños. Se nos hace todo muy cuesta arriba, y nos olvidamos de que después de los duros ascensos vienen las bajadas, con la satisfacción de al menos, haberlo intentado. No nos damos cuenta de que si no perseguimos un sueño, la duda de lo que hubiera podido ser nos perseguirá a nosotros. No pensamos en que con el tiempo, el hecho de no haber tenido el arranque para intentarlo nos acompañara en forma de reproche para con nosotros mismos. 

No hay tanto que perder….y ganaremos, sea cual sea el resultado. No lo dejemos como un propósito para el futuro, empecemos desde ya. Y persigamos nuestros sueños, sea cual sea la distancia que nos separa de ellos, sea cual sea su tamaño, sea cual sea su extensión.

“Me fui a los bosques…..”

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“Me fui a los bosques porque quería vivir sin prisa. Quería vivir intensamente y sorberle todo su jugo a la vida. Abandonar todo lo que no era vida para no descubrir, en el momento de mi muerte, que no había vivido” H.D. Thoreau

Todos tenemos nuestros “bosques”, nuestros lugares para estar con nosotros mismos, para pensar, para parar y tomar un respiro, para admirar la grandeza de la naturaleza, para ser conscientes de su gratuito esplendor. Paisajes en los que no se ha levantado la tierra con hormigoneras, obras de arte sin cimientos. Lugares que nos ayudan a encontrarnos sí estamos perdidos, que nos regalan recuerdos, sonidos, olores, colores…..Los sitios de nuestro recreo. Sitios en los que nos damos cuenta de lo pequeñitos que somos y la importancia que nos damos a veces, sitios de los que vuelves y  has conseguido relativizar todo, hacerlo más sencillo.

Nuestros bosques pueden ser playas, montañas, montes……aquellos sitios en los que redescubres cosas de ti que creías pérdidas en el camino, en los que te olvidas de que hay más mundo más allá de sus límites, y tu universo está perfectamente en orden y en paz.

Estos lugares en los que nos reconciliamos con nosotros mismos, que nos muestran que la felicidad no está en la creencia popular del cuánto, sino en el cómo, no siempre están cerca. Pero deberíamos intentar crear nuestro bosque particular dentro de nosotros, mantenerlo cuidado, y poder visitarlos siempre que lo necesitemos. Pueden ser visitas rápidas, que no se alarguen, pero debiéramos introducir en nuestra rutina esos tiempos muertos que nos hacen sentirnos vivos. Olvidarnos quince minutos del reloj, y pensar. O leer. O cantar. O bailar. O pasear. O escribir. Aprender a estar un ratito al día con nosotros mismos, hacer un descanso para salir con más fuerza al campo. Reñirnos si no hemos tratado de dar lo mejor en el día, pensar en que mañana lucirá de nuevo nuestro sol, felicitarnos si el día ha estado lleno de luz, si hemos aprendido algo, o si lo hemos enseñado.

Mi “bosque” físico está a 1.100 km, es un paraíso en la tierra lleno de luz, huele a mar, tiene atardeceres que paran mi reloj, aguas fresqueras del Atlántico que te devuelven a la vida, olas que rompen y dejan su particular regalo de conchas en la orilla. Y sigo sintiendo algo muy especial cuando piso otra vez su arena. Porque hay lugares que tienen el poder de emocionarnos. Y éste es mi favorito 🙂

Personas que son faros

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Hay personas que son faros. Personas que están ahí, con su potente luz, cuando oscurece y no somos capaces de ver. Personas que nos orientan y que nos sirven de guía, que nos alumbran en nuestras noches cerradas, en las que ni siquiera el tenue reflejo de la luna en el mar indica el rumbo que debe tomar nuestra brújula interior. Personas que evitan que nos rindamos y dejemos nuestro barco a la deriva, personas que evitan que naufraguemos, personas que nos hacen parpadear cuando las miramos por primera vez, pero su pretensión no es la de deslumbrarnos, sino servirnos de ayuda. Ese tipo de personas que nos permiten descubrir orillas seguras en las que atracar, calas de aguas tranquilas en las que poder fondear y descansar hasta que vuelva a salir el sol.

Las personas faro ofrecen su luz a todos, no hay distinción ni exigencia de contraprestación. Personas que tratan de ayudar sin discriminar, personas que se ofrecen desinteresadamente, sin conocer a la tripulación. Ellos mismos se ocupan de mantenerse a punto, con la lámpara que alumbra en condiciones perfectas, ellos mismos saben que en días soleados, no se hace necesaria su labor, y se mantienen sin brillar, pero son conocedores de su importancia en las tormentas y las noches de fuerte mar. Personas que saben sin vanagloriarse que es mejor  encender una luz que maldecir la oscuridad.

Personas que incluso en las borrascas más tempestuosas, se divisan serenas si oteamos el horizonte. Parte de su estructura se puede ver afectada, pero no su función. Y es su luz  la que en un momento negro nos puede devolver la calma, la esperanza, la alegría,  el alivio, la paz. Esas personas que nos confirman que a pesar del sol se haya escondido, podemos tener nuestra luz.

Gracias a todos las personas faro que ahí en mi vida, porque es su luz la que muchas veces me hace brillar.

 

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Ir tirando

“Voy tirando” es una de las respuestas más comunes al cómo estás de nuestros días. Ir tirando….tirando de monotonía, de la comodidad en la que nos instalamos y que nos atrapa, ir tirando de “cualquier tiempo pasado fue mejor”, pero sin ninguna revolución interna por cambiar nuestro presente, ir tirando y pagar la hipoteca, ir tirando y levantarnos todos los días al segundo toque del despertador (si, al segundo, por ese placer interno que nos proporciona la única rebeldía en muchos de nuestros días, la de la desobediencia al despertador). Ir tirando y esperar una respuesta sin hacer una pregunta, ir tirando y esperar que nos den la mano sin ofrecer nosotros la nuestra. Ir tirando como respuesta al para qué me preguntas si no te importa.

El ir tirando demuestra que somos animales de costumbres. Es una muestra de lo cómodos que somos y de lo corta que es la cuerda de la cometa de nuestros sueños, que recogemos en cuanto sopla un poco de viento, no vaya a ser que perdamos lo que soñamos de golpe. Es la constatación de que pasamos la vida, pero no estamos presentes en ella con todas nuestras armas. Es el reflejo de nuestros miedos, que se nos escapa por la boca, es la expresión de resignarse a tirar con la carga de la vida, cuando deberíamos caminar al mismo paso, disfrutar de su compañía, bailar con ella, corretear por delante, escondernos de sus hábitos diarios, incluso a veces ponerle la zancadilla y aprender a reírnos màs de ella.

 

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